Acerca de mi…

Crecí compitiendo en fútbol, tenis y pádel. El cuerpo en movimiento siempre fue parte de quien soy — también correr, también el desafío físico como forma de pensar. Mi padre fue arquero del seleccionado argentino juvenil en los años cincuenta. El deporte en mi familia no era un hobby, era un lenguaje.

A los 20 estudié marketing y asesoré empresas. A los 24, lesiones crónicas cerraron la puerta de los deportes de contacto. Poco después, un vértigo por estrés me detuvo por completo. Mi padre me preguntó si esa era la vida que yo quería. Respiré profundo y dije que no. Solté todo — el club, la pareja, los proyectos — y me fui a vivir un año dentro de un trailer en un club de golf llamado Cabeza de Caballo. Solo, entrenando, buscando algo que todavía no sabía nombrar.

Lo que encontré no fue solo un deporte. Fue una comprensión que cambió todo: cada actividad tiene un sentido propio, una lógica que le es inherente. No la impone quien la practica — la impone la actividad en sí misma. Hasta que uno no acepta ese sentido, no importa cuánta técnica tenga, cuánto esfuerzo ponga. El espiral de frustración no tiene otra causa.

Quise ser jugador profesional de golf y no lo logré. Empecé tarde, y tardé aún más en entender el juego. Hoy, con 51 años y 15 años desarrollando esta metodología, sé que no hace falta ser profesional para jugar bien — ni en el golf, ni en el emprendimiento, ni en la vida. Los límites reales son pocos. Los que nos frenan antes de tiempo, casi siempre, están en otro lado.

A su vez, hay una idea de Descartes que me inspira y me motiva para acompañarte, así como me acompañó y me acompaña a mí. Es acerca de cómo entiendo algún aspecto del aprendizaje: mientras no tenemos verdades propias, es sabio y necesario vivir de las verdades ajenas. Así el tiempo y la experiencia nos dan nuestras propias verdades. Ahora bien, lo que he descubierto es que hay algo que no cambia nunca — el sentido de las cosas que hacemos y el sentido básico del ser humano: sobrevivir, vivir, y dejar huella. No solo en hijos o hijas — sino en otros, en lo que enseñamos, en lo que transmitimos para que el camino siga.

Si bien la ciencia ha mejorado la calidad de vida, caer en el cientificismo o en el nihilismo es peligroso. Hoy acompaño golfistas, deportistas y emprendedores desde algunos pilares que aprendí a los golpes: el resultado no depende al cien por ciento de uno mismo. La resiliencia te vuelve poderoso. Tomar protagonismo de tu vida te acerca al objetivo. Revisar creencias abre puertas que la técnica no puede abrir. Encontrar los enemigos silenciosos del aprendizaje es parte del camino. Y la autocompasión — perdonarse los errores del proceso — no es debilidad, es condición para seguir. No hago ciencia, pues en el plano mental y emocional todo está por desarrollarse y todo es muy individual. No existen recetas mágicas. Existen múltiples herramientas y desde ellas abordo la tarea. El sentido común y el juicio crítico son mis aliados.

El ser humano no fue, no es y no será una máquina. Y justamente por eso, cuando encuentra el sentido de lo que hace, puede ir más lejos de lo que imagina.