El Contexto
Antes de hablar propiamente del individuo que desea superarse, me gustaría hablar de contexto y concepto, pues sin ellos la persona quedará huérfana de sentido.
La orfandad de sentido no viene dentro de la persona, se anida en su contexto, interno y externo, una suerte de interacción infinita que muchas veces la deja con sensación de vacío, vacío existencial.
Vayamos al punto del contexto, interno y externo. Para ello veamos qué nos trae la palabra primero, para luego aportar mi mirada y mi accionar con ello.
Contexto
La palabra contexto proviene del latín contextus, que a su vez se deriva del verbo contexere. Su significado literal es «tejer juntos» o «entrelazado». Se compone de dos partes: con-, prefijo que significa «junto» o «globalmente», y texere, verbo que significa «tejer» o «fabricar». Originalmente se refería al tejido o la unión entrelazada de los hilos en una tela. Con el tiempo, la palabra se adaptó para describir cómo las palabras, ideas o hechos se entrelazan y dependen unos de otros para tener sentido en su totalidad.
Diccionario de la Real Academia Española:
- Entorno lingüístico del que depende el sentido de una palabra, frase o fragmento determinados.
- Entorno físico o de situación, político, histórico, cultural o de cualquier otra índole, en el que se considera un hecho.
- (desus.) Trabazón, composición o contenido de una historia o discurso.
- (desus.) Enredo, maraña o unión de cosas que se enlazan y entretejen.
Allí vemos, en su última acepción hoy en desuso, cómo la palabra aplica para el enredo — ese enredo que no deja ver a la persona su sentido, su propósito o la solución a un problema determinado.
Lo decía Ludwig Wittgenstein*3: «El límite de mi lenguaje es el límite de mi mundo.» Desde mi mirada, yendo un paso más allá, son los límites de mi vocabulario los que definen los límites de mi universo. Así el vocabulario, herramienta del lenguaje, es el que le permitió al ser humano comunicarse con más precisión, siempre y cuando hable el mismo idioma y con los significados correctos de las palabras.
Lo de correctas es claramente relativo según el contexto. En una conversación recreativa o pasatista, un malentendido no traerá consecuencia alguna. Pero si eso ocurre en un contexto importante para quien lo atraviesa, sufrirá consecuencias devastadoras. Imaginemos, desde lo absurdo, si un emprendedor le dice a su asesor en comunicación «quiero comunicar eficientemente», en vez de decir «quiero comunicar los valores y las utilidades de mi servicio, quiero que la gente elija lo que ofrezco a partir de estar convencida visceralmente». Son dos comunicaciones diferentes: una le deja al comunicador su propio criterio de eficiencia, la otra detalla exactamente lo que se quiere lograr. Lo cual, posiblemente, la haga eficiente. Es un ejemplo grosero, le faltan más detalles — pero es un ejemplo.
Yendo a algo más cotidiano: tomamos una hoja de papel, la usamos y al querer tirarla o guardarla nos damos cuenta de que tenía escrito algo importante del otro lado. La persona suele exclamar «no pensé que estaba escrita», en vez de decir «no miré antes de usarla si tenía algo escrito del otro lado». El contexto interno del declarante habla de alguien que racionaliza más de lo que observa. Y mientras no salga de la palabra pensar y pase a la de mirar, seguirá cometiendo el mismo error. No se piensa si una hoja está escrita del otro lado — se mira.
Mi mirada, mi accionar
Primero definiré el contexto interno: aquel que habita dentro del ser humano, repleto de creencias, valores, pensamientos, conversaciones internas, vocabulario, imaginación, sensibilidad, órganos vitales, representación y percepción de sí mismo — además de todo lo que no puede percibir que ocurre dentro de sí.
El contexto externo es todo lo que lo rodea — aquello de lo que toma conciencia y aquello que no puede concientizar. Todo forma parte.
La interacción entre ambos contextos es innegable. Su utilización como recurso para confeccionar el presente y diseñar el futuro son, desde mi mirada, fundamentales. No somos lo que nos pasa — somos lo que hacemos con lo que nos pasa, adentro y afuera de nosotros. Aceptar que el ser humano no lo puede todo es determinante. Decía Miguel de Unamuno*1 respecto al ser humano: «Lo sabe todo, absolutamente todo. Figúrense lo tonto que será.» Por otro lado, a Einstein*2 se le atribuye: «El universo es infinito, la estupidez humana no estoy seguro.»
Si bien el acompañamiento tiene que ver con lo que el ser humano trae, la tarea también es lograr que vea lo que no está pudiendo ver, sentir, racionalizar o estimular de manera consciente — todo orientado a lo que se propuso en su proceso de superación.
Crear un mapa del contexto interno de la persona y vincularlo con el contexto externo percibido como real al momento de iniciar un proceso es mucho más que establecer una brecha o espacio para trabajar entre la persona y el afuera. Es lo que se necesita para que realmente la persona ubique su contexto privado — piel adentro — lo compare con el contexto real, no subjetivo, y ahí sí, recién ahí, comience el proceso de superación. Con una amplia brecha entre ambos contextos desequilibrada desde la observación objetiva, cualquier intento por superarse naufragará, aunque por momentos pueda dar alguna luz de esperanza.
Me pasa como profesor de golf. Las personas creen que existe alguna mecánica secreta para hacer volar la pelota, y no pueden ver lo que lo antecede: entender qué se pretende hacer con el palo y tener conciencia plena de la cara del palo durante todo el movimiento. En su secuencia natural, primero la vara pasa por la pelota y luego la cara. Sus ganas de ver volar la pelota lejos no les deja ver ni aprender el uso del palo en movimientos cortos, que es donde todo empieza.
En la vida nadie podría tomar agua sin ese aprendizaje previo. Al principio, el movimiento es consciente — el brazo, el codo, el antebrazo, la mano, los dedos, el vaso. Con la repetición, la conciencia no desaparece: se traslada. La neurociencia lo explica a través de la memoria procedimental: durante el aprendizaje, la corteza prefrontal trabaja activamente — piensa, planifica, controla. Con la práctica repetida, el control se transfiere progresivamente hacia estructuras más profundas del cerebro — los ganglios basales y el cerebelo — que automatizan la ejecución sin necesidad de atención consciente.*4 Ya no pensamos en cómo mover el cuerpo — el vaso nos activa el movimiento aprendido y automatizado para saciar la sed a partir de él. El objeto sigue presente. El movimiento se libera.
*1 Miguel de Unamuno, filósofo y escritor español (Bilbao, 1864 — Salamanca, 1936). Rector de la Universidad de Salamanca. Una de las figuras más importantes del pensamiento español del siglo XX.
*2 Albert Einstein, físico alemán (1879-1955). Premio Nobel de Física en 1921. Cita de autoría incierta, ampliamente atribuida a Einstein.
*3 Ludwig Wittgenstein, filósofo austríaco (1889-1951). Tractatus Logico-Philosophicus (1921). La evolución hacia «vocabulario» es propia del autor de este texto.
*4 Bases neuroanatómicas del aprendizaje y la memoria procedimental. Muñoz, Adrover, Sánchez, Miranda y Periañez (2012). La memoria procedimental opera de manera implícita y automática, con participación del cerebelo, los ganglios basales y la corteza prefrontal, cuya actividad disminuye progresivamente a medida que el movimiento se automatiza.
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